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TEATRO

Aquí os dejo una obra de teatro que escribí hace muchos años, allá por 1996, por cierto nunca publicada, sí hay algún editor por ahi y le gusta que se ponga en contacto conmigo, jejeje. En serio, espero que os guste, es un poco, bueno… ya lo veréis.

LA PRINCESA ESCONDIDA

 

DRAMATIS PERSONÆ

 

ARMANDO: Duque del Llano, Caballero español.

ELISA: Camarera de la Princesa Alicia.

ALICIA: Princesa de Gröinen.

DON RODRIGO: Primo de Alicia.

EL CONDE: Siniestro personaje aventurero.

MARÍA: Doncella.

EDELVIRA: Princesa de Grönenbahg.

CURA: Él mismo.

TESTIGO: Uno que estaba por allí.

Escena en el año 1795, en Viena.

Obra de teatro en tres actos escrita por el autor.

© ® Alf Steel 12 de enero de 1996.

 

 

 

Escena I – Acto 1º

 

 

Viena, El Gran Hotel, lujoso, buenas cortinas lo decoran, Armando acaba de cumplir 25 años, apuesto, valeroso, intrépido, mujeriego, tramposo, espadachín temido y con una fortuna amasada con el juego sucio, ahora es el Duque del Llano para los ricos, “El Conde” para los tramposos pues lleva una doble vida, sus buenas maneras le valieron el seudónimo. Vestíbulo del Hotel, Armando está sentado en un sillón mientras lee un libro, aparecen por una puerta dos mujeres, la primera de unos 20 años, Alicia va bien vestida, la sigue su camarera Elisa de unos 21 años, hermosa e inocente, plena iluminación ambas se sientan cerca de Armando, pero no lo ven porque se esconde detrás de una maceta y del libro, aunque de vez en cuando echa una miradita a las dos.

ALICIA.-
¡Querida!, tienes mucho que aprender, no tienes que fiarte de ningún hombre, fíjate, hemos quedado con mi primo, todavía no ha venido y eso que nosotras llegamos tarde, recuérdame que me enfade con él.

ELISA.-
Alteza, tiene todo el derecho a enfadarse, nunca se ha de hacer esperar a una mujer.

ALICIA.-
Eso mismo pienso yo y, sí es tan hermosa como yo, tiene aún más delito, cuando llegue… ¿qué le diré cuando llegue?

ELISA.-
Puede decirle que sí se sigue portando mal no le hará ningún favor, usted ya me entiende.

ALICIA.-
Tienes razón querida, no le haré ningún favor, hace tiempo que quiere venir conmigo de visita a un rico reinado donde reside una princesita que quieren casar.

ELISA.-
¿Para qué quiere ir?

ALICIA.-
Qué preguntas más impertinentes haces querida, para qué va a ser, para cortejarla y casarse con ella, después de todo el dinero no conoce las fronteras.

ELISA.-
¿No tiene dinero su primo?

ALICIA.-
Inocente, pues claro que lo tiene, pero nunca viene mal emparentar y tener algo más, de todas formas, me han dicho que ella no quiere casarse, la pobrecita está esperando a su príncipe azul.

ELISA.-
Pues entonces se quedará soltera, ¿cuántos años tiene?, ¿muchos?, ¿acaso es fea?

ALICIA.-
Que va, es hermosa, muy hermosa y jovencita, casi de tu edad, pero me han dicho que le gustan cosas que no son recomendables para una dama y menos de su alcurnia, nos ridiculiza son sus rarezas tontas, fíjate que quiere estudiar, ¿dónde se ha visto que una princesa estudie?

ELISA.-
Sí desde luego, estudiar, no se para qué, sí lo tiene todo, además los libros son aburridos.

ALICIA.-
Eso mismo digo yo.

(Entra por la puerta Don Rodrigo excusándose)

DON RODRIGO.-
¡Querida prima, no sabes cuánto lo siento!, me he entretenido con el Marqués Arnaud, ya lo conoces y sabes cuánto le gusta hablar, sobre todo de las mujeres y, me ha estado preguntando por ti querida, creo que le gustas y quiere cortejarte.

ALICIA.-
De veras, ¿cuándo le volverás a ver?, me han dicho que es muy apuesto y que su familia es acaudalada.

DON RODRIGO.-
Querida, es riquísimo, tuvo la previsión de marcharse antes de la revolución y, se llevó todo, ahora está muy bien considerado.

ELISA.-
Alteza, me pedisteis que os recordara… la hora.

ALICIA.-
Tienes razón querida. Estoy enfadada contigo primo, has llegado tarde y quieres que lo olvide, picaron, pero sabes como tratarme, Elisa, vete a tu cuarto y espérame allí, ya te llamaré. Querido primo, cuéntame más cosas del Marqués.

(Elisa sale del vestíbulo y Armando detrás de ella)

 

 

 

Escena I – Acto 2º

 

 

En un pasillo del hotel, Armando se cruza con Elisa y charla con ella, puertas a un lado, todas cerradas, se paran en la de Elisa y allí hablan.

ARMANDO.-
¡Señorita! Disculpe, pero se le ha caído este pañuelo en el pasillo.

ELISA.-
¿Cómo? Ese no es mi pañuelo, yo tengo el mío. Lo ve.

ARMANDO.-
Yo juraría que era de usted, sin duda me habré equivocado, pero sólo una dama tan hermosa podría ser su dueña.

ELISA.-
Me aduláis caballero, aunque creo que os burláis de mí.

ARMANDO.-
¡Jamás! Nunca osaría reírme de vos, sin duda me confunde con un patán, yo nunca miento y, sí digo que sois hermosa, ¡creedme, es cierto!

ELISA.-
Me voy a ruborizar con vuestras palabras.

ARMANDO.-
¡Sería un honor para mí, dejarme observar el color de vuestra pasión!

ELISA.-
Me abruma caballero, vuestras palabras regalan a mis oídos sentimientos que me agradan.

ARMANDO.-
Pero disculpadme, he sido un necio, todavía no me he presentado, algo que un caballero nunca debe hacer ante una dama. (Haciendo una reverencia y besando su mano) Soy Armando de Alvarado y Rojas San Román, Duque del Llano, Caballero español a vuestra disposición para serviros en lo que gustéis.

ELISA.-
Pero sin duda me habéis confundido Señor, yo sólo soy Elisa Graft, la camarera de la Princesa Alicia de Gröinen, una simple sirvienta.

ARMANDO.-
Para mí no lo sois, yo sólo veo a una dama a la que nadie acompaña, ¡permitidme ser vuestro acompañante mientras estéis en Viena! Os aseguro que lo pasaremos muy bien y, os doy mi palabra de caballero que no tendréis queja alguna de mi comportamiento.

ELISA.-
Sería un gran honor para mí aceptar vuestra noble invitación, pero no puedo aceptarla, puesto que mi Señora me necesita y, sin duda en cualquier momento puede llamarme, os recuerdo que soy su camarera personal.

ARMANDO.-
En ese caso, no tendré más remedio que pedírselo a vuestra Señora, acaso ella sea más compasiva que vos y me conceda su permiso.

ELISA.-
¡No, por favor!, me pondría en un compromiso si así obrase.

ARMANDO.-
No quisiera que eso ocurriera, pero sí aceptáis, no habría necesidad de hablar con vuestra Señora.

ELISA.-
Sabed Caballero, que sois un chantajista.

ARMANDO.-
¡Válgame el cielo!, nunca he pretendido que me tomaseis por tal, tan sólo quiero tener la oportunidad de conoceros mejor, sabed que desde el primer momento que os vi, me parecisteis un ángel que venía a perturbar mi tranquila existencia. Vos sois quien me chantajea con vuestra belleza, mi alma se ha sobrecogido al veros cara a cara y mi mente se ha nublado por completo al oíros hablar con vuestra melodiosa voz, ¡qué podía hacer, sino invitaros?, para mí una palabra vuestra es una orden, pero no me privéis del placer de vuestra compañía tan pronto, porque entonces el mundo ya no tendría sentido para mí.

ELISA.-
Vuestra franqueza me conmueve, sabed Caballero, que os agradezco las palabras que me dirigís, no soy ajena al dolor que os produciría mi negativa, por eso acepto vuestra invitación.

ARMANDO.-
El cielo es bondadoso conmigo, hoy es mi día de suerte, en verdad que sois un ángel, vuestras palabras me llenan de alegría el corazón. Ahora se que no estoy soñando y que vos existís realmente, Elisa Graft, quiero que sepáis que os amo, una flecha de Cupido atravesó mi corazón nada más veros y ahora ninguna fuerza humana podría sacarla de mi interior.

ELISA.-
Vuestras palabras son hermosas, pero no hay tiempo para hablar ahora, oigo voces que suben, sin duda es mi Señora y no debe veros conmigo, marchad y volved cuando se haya ido.

(Sale Armando, Elisa entra en su puerta)

 

 

 

Escena I – Acto 3º

 

 

Hotel, habitación de Don Rodrigo, sentados con una copa en la mano Don Rodrigo y El Conde, unas botellas encima de la mesa y dos sillas, la chimenea encendida, Don Rodrigo ricamente vestido, El Conde viste ropas burguesas y semioculto por las sombras, lleva sombrero y antifaz.

EL CONDE.-
Exactamente, ¿qué es lo que quiere su Excelencia?

DON RODRIGO.-
Nada más que la seguridad de que todo saldrá bien, no quiero que sea un fracaso.

EL CONDE.-
Cuando acude a “El Conde” nada sale mal, hay otros que pretenden asegurar que son los mejores, pero sólo yo soy el mejor. ¿Quién le habló de mí?

DON RODRIGO.-
Un amigo mío a quien hizo un trabajito peculiar, El Duque Ferreti, seguramente lo recuerda.

EL CONDE.-
Sí, lo recuerdo, no fue nada fácil el asunto, pero como le he dicho, yo soy el mejor y mi organización está muy bien preparada.

DON RODRIGO.-
Eso espero, porque este asunto, es demasiado delicado y hay mucho dinero en juego como para que algo salga mal, ya sabe, la reputación de mi prima la Princesa, además de mi futuro como Rey.

EL CONDE.-
Desde luego, que hacerle pasar por alguien que no es, correr los rumores necesarios y convencer al Rey es difícil. (se lleva la mano a la bolsa y la hace sonar)

DON RODRIGO.-
Precisamente, convencer al Rey de Grönenbahg de que soy el candidato perfecto, que sus averiguaciones no lleguen a perjudicarme, pero sobre todo, me preocupa convencer a la Princesa Edelmira, aunque mi prima asegura que es muy inocente, lo que nos beneficia, yo no me fiaría mucho de esa información.

EL CONDE.-
Usted no se preocupe de nada, “El Conde” tiene recursos para todo y, para todos, mis informes nos dirán cuanto debamos saber, pero hay otra cuestión, ¿qué parte sacaré yo de todo esto?

DON RODRIGO.-
Una parte muy importante, sin duda, recuerde que si todo sale convenientemente, yo seré el futuro Rey y, un millón será suyo, pero sí sale mal… bueno, eso no nos conviene, ¿verdad?

EL CONDE.-
Cierto, pero no pretenda que gaste de mi bolsillo a cuenta de que salga bien, yo pretendo obtener garantías ahora, en este momento.

DON RODRIGO.-
Claro, pero sólo puedo tener a su disposición en este momento 20.000 escudos, creo que es más que suficiente para ir cubriendo gastos.

EL CONDE.-
De momento sí, ya veremos más adelante que ocurre, pero mientras tanto vaya preparando otra cantidad igual para dentro de un mes, ya sabe que los gastos en Grönenbahg serán elevados.

DON RODRIGO.-
Por supuesto, con eso ya contaba, ahora tengo que marcharme, tengo que ver a mi prima, para ir a la ópera y preparar algunos asuntos. (Salen juntos)

 

 

 

Escena I – Acto 4º

 

 

Habitación de Elisa, una cama, una silla y una mesita, dos puertas, una da al pasillo, la otra comunica con el cuarto de su Señora, la chimenea encendida ilumina la estancia, las velas también, Elisa está sentada frente a la chimenea, llaman a la puerta y entra Armando.

ELISA.-
¿Pero qué hace usted aquí? le van a descubrir, mi Señora puede volver en cualquier momento.

ARMANDO.-
No se preocupe por eso, se que se ha ido a la ópera con su primo, he estado esperando a que se fueran para entrar y nadie me ha visto.

ELISA.-
Lo tiene todo previsto, ya veo que tengo que cuidarme de usted también.

ARMANDO.-
¿Cómo que de mí también?, tiene problemas con alguien más, confíe en mí, yo puedo ayudarla.

ELISA.-
Mí corazón me dice que debo confiar en vos, pero mi mente me dice todo lo contrario, parece usted una buena persona.

ARMANDO.-
Lo soy, y no hay nada que yo no haga por usted, mi corazón es suyo, lo sabe y, sin embargo desconfía, el amor, es el aliado más terrible que se pueda tener y, creedme querida, hay de aquel que le perjudique, porque debería ir buscando la misericordia divina.

ELISA.-
Me asusta un poco, debe ser terrible como enemigo y, no quisiera tenerlo como tal.

ARMANDO.-
No te asustes pequeña, yo no te haré daño y si puedo, te ayudaré en todo lo que mi humilde persona pueda hacer, pero habla y dime que te preocupa.

ELISA.-
Confiaré en usted, pero, júreme solemnemente ante Dios, que jamás revelará lo que le voy a contar, es un secreto entre los dos. Júrelo.

ARMANDO.-
Lo juro, ante Dios y ante los hombres, ante mi espada y ante ti, amor, mis labios están sellados para la eternidad.

ELISA.-
Bien, lo ha jurado, confío en usted.

ARMANDO.-
Sí, por Dios, cuéntelo ya.

ELISA.-
Yo era la camarera de la Princesa Edelmira de Grönenbahg, desde pequeña. Hace algún tiempo que nos enteramos que querían casarla con algún noble de Viena, por eso me envió a servir aquí, tuve suerte de entrar para la Princesa de Gröinen y más suerte aún al enterarme hoy mismo que quieren urdir una trampa para que se case con su primo Don Rodrigo, y ahora no se que hacer, necesito su ayuda.

ARMANDO.-
¿Por qué te preocupas tanto?, comunícaselo a tu Princesa y así sabrá que hacer, ya no estás a su servicio, por lo tanto, con avisarla sería suficiente.

ELISA.-
Los hombres no lo entienden, yo debo fidelidad a Edelmira, es mí verdadera Señora y la única a quien puedo servir, además, he oído decir, que un tal “El Conde”, personaje siniestro anda detrás de todo esto y sí se entera que la he avisado, me matará.

ARMANDO.-
No creo que sea tan cruel como para matar a una bella jovencita por cumplir con su deber, pero sí queréis yo puedo enviar el mensaje.

ELISA.-
Gracias, no esperaba menos de vos, pero ¿qué haremos para desbaratar los planes de “El Conde”?

ARMANDO.-
¡Estás loca chiquilla!, yo también he oído hablar de él, y te aseguro que no tenemos ninguna oportunidad de acabar con ellos, cuando se propone algo, lo realiza y ninguno de los dos podemos hacer nada.

ELISA.-
Pero es preciso, la vida de mi padre está en juego.

ARMANDO.-
¿Vuestro padre?, ¿qué tiene que ver vuestro padre con todo esto?

ELISA.-
¿He dicho mi padre?… bueno… yo… me refiero a que trabaja para la Princesa, eso es, trabaja para la Princesa y sí se entera que no he hecho nada, lo matará, eso, lo matará.

ARMANDO.-
Sí se algo de las mujeres, es pillarlas cuando mienten, tu padre no tiene nada que ver en esto, habla, confía en mi, ¿dime si tengo razón?

ELISA.-
Bueno, ya se que no sé mentir, soy demasiado inocente, pero no voy a decir nada más, ya he dicho bastante, el resto en un secreto que no me pertenece. ¿Me ayudará, sí o no?

ARMANDO.-
No lo sé, no me has dicho lo más principal, lo presiento, pero, una promesa es una promesa, te ayudaré.

ELISA.-
(Se abraza a él) Gracias, por ayudarme, el escuchar detrás de las puertas, produce buenos resultados.

ARMANDO.-
Pequeña fisgona, con recompensas como ésta, te ayudaría siempre, ¡querida! (La besa con pasión).

ELISA.-
¡Armando! Por favor, que nos van a ver y, mí reputación se perdería.

ARMANDO.-
Querida Elisa, nadie nos puede ver, además, sí alguien se atreviese a decir algo sobre ti, le mataría. Al diablo con la reputación (La vuelve a besar).

ELISA.-
No quiero que matéis a nadie por mi culpa, tan solo quiero que tengáis un poco de prudencia, la pasión a veces no es buena consejera y puede traicionaros.

ARMANDO.-
Cuando se ama de verdad y se quiere con el corazón, la pasión es tan solo una muestra de amor, como el que yo siento por ti Elisa, que me hace palpitar de emoción al verte y sufrir cada vez que tengo que esperar para poder contemplar ese rostro tan hermoso que me ha enamorado. (Otro beso apasionado).

ELISA.-
Mi corazón palpita como el tuyo, cuando se que tu no estás, pero más palpita cuando te tengo a mi lado, ¡Armando!, que bonito nombre para el dueño de mi amor.

ARMANDO.-
Toda mi vida, la he pasado esperándote y, ahora, por fin te he encontrado, soy tu esclavo y servidor, la muerte es la única razón que nos podría separar, ahora que te he encontrado.

ELISA.-
Alejemos esos tristes pensamientos de nuestros labios, sólo el amor puede salir de ellos, por eso quiero que los selles con los míos. (Ella le besa a él).

ARMANDO.-
Ahora tengo que irme, antes de que vuelvan de la ópera, pero prométeme que tendrás cuidado, es muy peligroso escuchar detrás de las puertas y te pueden coger, y entonces ¿qué haría yo sin ti?, ¿qué sería de mi vida sin tu amor?

ELISA.-
Lo prometo y, gracias de nuevo por ayudarme, no sé qué sería de mí.

ARMANDO.-
Para mí es un placer, pero ahora tengo que irme.

(La vuelve a besar y sale).

 

 

 

Escena II – Acto 1º

 

 

Sala privada en una Posada, una mesa, sillas alrededor, botellas encima de la mesa, una cortina oculta la puerta, chimenea y velas encendidas, “El Conde” sentado en un rincón lleva antifaz, en una silla, Don Rodrigo y en otra la Princesa Alicia.

ALICIA.-
Nos prometió resultados, y yo no los veo, puesto que alguien se ha enterado de nuestro plan y ha informado a la Princesa.

EL CONDE.-
Yo no me preocuparía demasiado, sólo porque la Princesa haya desaparecido no quiere decir nada, además desapareció antes de que se pusieran en contacto conmigo, ya ven que yo, no soy el responsable de su desaparición.

DON RODRIGO.-
Cierto, ¿pero qué haremos si no aparece?, en algún lugar estará y alguien tiene que conocerla, Alicia querida, ¿quién puede conocerla?

ALICIA.-
No lo sé, tal vez sus criados puedan ayudarnos, alguno se dejaría matar por ella, pero habrá quien esté dispuesto a ayudarnos por una cierta cantidad.

EL CONDE.-
Buena idea, traeré a alguna doncella, seguro que la tentación de servir a una Princesa como usted, alegrará la vida de las muchachas.

ALICIA.-
¡Mí camarera Elisa!, ella servirá, conoce a la Princesa, precisamente vino con una recomendación de Edelvira, yo la convenceré.

DON RODRIGO.-
Y si no puedes primita, déjamela a mí, estoy seguro que yo la haré cambiar de opinión, puedo ser muy persuasivo cuando quiero, y por lo que he visto, es muy hermosa.

EL CONDE.-
¡No!, déjenmela a mi, yo personalmente le sacaré la información que deseamos, hay que ser prudentes y no armar escándalos.

DON RODRIGO.-
Cierto, pero veo que usted también se ha fijado en ella, no pasa desapercibida una mujer tan hermosa, está bien, es cosa suya, se la cedo.

ALICIA.-
Basta de disputas, no merece la pena, sólo es una camarera, seré yo quien le saque la información, hay que ser mujer para tener la sutileza de preguntar sin que sospeche nada.

DON RODRIGO.-
Está bien, primita, díganos usted, ¿cómo marchan los informes?, deberían estar ya avanzados.

EL CONDE.-
Debería estar contento, hace semanas que es usted el hombre más rico y poderoso de esta zona, todos le temen y todos le aprecian, es el hombre indicado para el puesto, al menos así lo cree el Rey, que ha quedado muy satisfecho.

DON RODRIGO.-
Hace milagros, es formidable, pero ¿cómo lo consigue?

EL CONDE.-
Eso es secreto profesional, sí se lo digo, puede que me perjudique algún día a mí y eso no puedo permitirlo, le basta saber que tengo éxito siempre.

ALICIA.-
Yo también tengo siempre éxito, pero ya es tarde, debemos irnos.

(Se pone Alicia en pie, El Conde le besa la mano y salen esta y Don Rodrigo, “El Conde” se queda solo en la penumbra tomando un vaso de vino).

 

 

 

Escena II – Acto 2º

 

 

Habitación de Alicia en el Hotel, lujosamente decorada, con un sofá, Alicia está sentada tomando el té, Elisa de pie ante ella, en actitud humilde, en una mesita, el juego de té, plena iluminación.

ELISA.-
¿Llamaba su Alteza?

ALICIA.-
Sí, te he mandado llamar porque necesito saber algunas cosas acerca de tu trabajo anterior. Creo que eras la camarera de la Princesa Edelmira y como vamos a realizar dentro de poco un viaje a su castillo, quisiera saber más cosas de ella y su palacio.

ELISA.-
No tiene nada de extraordinario, es un Princesa cómo su Alteza, lo único que tiene es un castillo por el que se pierde uno.

ALICIA.-
No quiero saber nada del castillo, sólo quiero saber de la Princesa, ¿cómo es ella? Ya sé que es hermosa, pero ¿cómo de hermosa?

ELISA.-
Alteza, realmente es muy hermosa, dicen en mí país, que nunca hubo una princesa más bella que Edelvira, su carácter es bondadoso y desparrama alegría y felicidad sobre su pueblo.

ALICIA.-
Sí, pero ¿cómo es físicamente?

ELISA.-
Es difícil describirla, es alta y delgada, pálida y sonrosada, su cabello es moreno y a la vez parece dorado, sus ojos so verdes y penetrantes, sus labios rojos y brillantes, sonríe a cada instante, no recuerdo haberla visto nunca de mal humor, pero sobre todo no sería nada sí fuera tonta, porque realmente es más inteligente que bella.

ALICIA.-
Entonces, se parece mucho a ti ¿no?

ELISA.-
¡No!, que va, yo no me parezco mucho a ella, yo sólo soy una doncella y no entiendo de más cosas que de mi trabajo, la Princesa Edelvira fue educada como Princesa, y yo no.

ALICIA.-
Bien, vete ya.

ELISA.-
Sí Alteza. (Sale Elisa, y entra Don Rodrigo)

ALICIA.-
Ya ves querido, demasiado perfecta para ser cierto, estoy empezando a desconfiar de Elisa, ¿me pregunto sí estará aquí de espía y será ella quien se lo ha contado todo?

DON RODRIGO.-
Puede ser, yo la he visto demasiado entusiasmada con su Princesa, creo que puedes tener razón, traeré a una de las doncellas de la Princesa, ella nos lo dirá y así averiguaremos lo que queramos saber, puede incluso que hasta la Princesa esté en Viena.

ALICIA.-
No me extrañaría nada, desaparecer así, sin decir nada al Rey, ni a la corte, que falta de educación, eso no se hace, a menos que tengas un lugar donde esconderte y el Rey esté al tanto de todo, incluso hasta logremos dar con ella, desde luego sería mucho más fácil nuestro proyecto si supiéramos dónde está.

DON RODRIGO.-
Cierto, una vez en nuestro poder, podemos incluso secuestrarla y casarme privadamente, ¿quién iba a sospechar que la boda no fue legal?

ALICIA.-
Querido primo, tu y yo nos podemos comer el mundo si nos lo propusiéramos, jajaja (risas de ambos)

DON RODRIGO.-
Pero antes hay que deshacerse de “El Conde” puede ser un rival peligroso, por eso será mejor que quede entre nosotros dos, un veneno sería lo mejor.

ALICIA.-
Creo que a Elisa, no le vendrían nada mal unas vacaciones eternas, jajaja, un suicidio amoroso entre dos enamorados, seguro que nadie lo dudaría.

DON RODRIGO.-
Prima, tienes una mente perversa, pero me gusta.

 

 

 

Escena II – Acto 3º

 

 

Habitación de Armando, en el mismo Hotel, misma decoración que la habitación de Don Rodrigo, sentado en una silla, en la otra Elisa.

ELISA.-
No sabía a quien recurrir, eres la única persona en quien confío, no sé si hago bien, pero no tengo otra opción.

ARMANDO.-
Habla, cuéntame que te ocurre, yo te protegeré de mal.

ELISA.-
Quieren matarme, me han descubierto y quieren quitarme de en medio y eso no es todo, mañana vendrá una doncella y me reconocerá, aunque tengo una baza a “El Conde” le gustará saber, puede que así me libre de la muerte.

ARMANDO.-
¿“El Conde”?, ¿qué tienes tu que a él le agrade tanto como para protegerte?

ELISA.-
Su vida, la tengo en mis manos, creo que es suficiente.

ARMANDO.-
Eso es jugar con fuego, ¿quién te dice que después de salvarlo no te matará para no dejar rastro alguno?

ELISA.-
El dinero, sé que le gusta y por eso puedo protegerme si le compro.

ARMANDO.-
Pero Elisa querida, tú no tienes suficiente dinero para pagar su precio, es bastante caro.

ELISA.-
Lo sé, pero sé que puedo convencerlo, pero no sé cómo contactar con él, ¿tú sabes cómo?

ARMANDO.-
Sí, pero eso será mejor que me digas ¿por qué tienes su vida en tus manos?

ELISA.-
Porque sé quien lo va a matar, cuándo y dónde.

ARMANDO.-
¿Cómo es posible que sepas tú tal cosa?

ELISA.-
Escuchando detrás de las puertas, así fue cómo me enteré de que piensan envenenarlo la Princesa Alicia y su primo Don Rodrigo, cuando vaya a verlos, después me envenenarán a mí y lo prepararán para que parezca un suicidio amoroso. Nada más sencillo y terrible, y yo no quiero morir y menos como la amante de un asesino.

ARMANDO.-
Ya me encargaré yo de darle tu mensaje, seguro que lo aprecia en lo que vale, ten por seguro que aunque no sea así, yo te defenderé y cuidaré de ti, cásate conmigo ahora y marchémonos lejos, es otra solución al problema.

ELISA.-
Armando, me has desconcertado, no esperaba esto, me halagas, recuerda que soy una simple camarera, nada más.

ARMANDO.-
(Hincando la rodilla en el suelo y agarrando las manos de Elisa). Para mí eres una princesa, no veo camareras, ni sirvientas, veo la mujer que hay en ti y me gusta, estoy enamorado de esa mujer y, lo que seas no me importa, cásate conmigo y todas tus penas desaparecerán, Elisa, di que sí, y seré feliz toda la eternidad. (Le besa las manos)

ELISA.-
Mí corazón también se ha prendado de ti, pero no es el momento adecuado, además hay algo de mí que tu no sabes y me odiarás por ello.

ARMANDO.-
¿Es algo de lo que te arrepientas?

ELISA.-
¡No!, no es nada de eso, es sobre el pasado y mi persona.

ARMANDO.-
Sí es de tu pasado, entonces, te perdono sea lo que sea, pero cásate conmigo.

ELISA.-
Dame al menos dos días para pensarlo, esta decisión no se debe de tomar tan ligeramente.

ARMANDO.-
De acuerdo, tienes dos días, pero por favor, que sea un sí, ahora debo irme, unos asuntos urgentes me reclaman. (Salen los dos)

 

 

 

Escena III – Acto 1º

 

 

Habitación de Alicia, mismo Hotel, mismo decorado, Alicia sentada, entran por la puerta Don Rodrigo y María la doncella, él se sienta, ella se queda de pie ante ellos.

DON RODRIGO.-
Querida prima, esta es la doncella que te había prometido, está dispuesta a ayudarnos.

ALICIA.-
¿Cómo te llamas y que trabajo tenías en el castillo de Grönenbahg?

MARÍA.-
Alteza, me llamo María y era la tercera doncella de la Princesa, por eso la conozco muy bien.

DON RODRIGO.-
Ya te lo he dicho, ésta es la persona adecuada, ahora debemos ocuparnos de Elisa, ya no nos hace falta.

(Alicia toca el timbre llamando a Elisa, ésta entra por la puerta)

ELISA.-
¿Me llamaba Su Alteza? ¡Oh!

MARÍA.-
(Haciendo una reverencia y dirigiéndose a Elisa) ¡Alteza! ¡qué alegría el veros aquí!

ALICIA.-
Vaya, vaya, así que Elisa era la Princesa Edelvira, que sorpresa, que no huya primo, ¡cógela!

ELISA.-
(Intentando huir, es agarrada por Don Rodrigo) ¡Quieto! ¡Suélteme! Es una orden, ¡suélteme le digo! ¿María qué has hecho?, ¿por qué me ocurre esto?. Tenía que haberme marchado ayer.

DON RODRIGO.-
Eres una fiera, pero se mí no podrás escapar, nuestro problema está resuelto, creo que tú y yo nos llevaremos muy bien.

MARÍA.-
(Atacando a Don Rodrigo) ¡Suéltela!, perdonadme Alteza, yo no sabía… ¡Suéltela! le digo que la…

DON RODRIGO.-
(Dando un golpe a María, que cae desmayada) ¡Aparta idiota!, (da otro golpe a Elisa y ésta se desmaya también)

ALICIA.-
Bien, átalas a las dos y que no griten, no queremos que nadie se entere, además “El Conde” no debe saberlo y no tardará en venir, rápido.

(Don Rodrigo sale llevando a Elisa en Brazos a su cuarto y regresando a por María, se cierra la puerta y llaman a la otra puerta, entrando “El Conde” con antifaz)

ALICIA.-
¿Qué pronto ha venido? No le esperaba hasta más tarde, pero siéntese, ya que está aquí, tome una tacita de café, mi primo vendrá dentro de un rato, tenía cosas urgentes que hacer. (Le ofrece una taza de té y la acepta)

EL CONDE.-
Bueno, tenía cierta prisa por resolver este asunto, ya que creo que me será imposible por el momento encontrar a la Princesa, ha desaparecido sin dejar ningún rastro, nadie sabe donde está, ni siquiera su padre el Rey, que ha mandado buscarla.

(Entra Don Rodrigo por la puerta y Alicia se levanta y se agarra a su brazo)

ALICIA.-
Rodrigo querido, ya ha venido “El Conde” y dice que no encuentra a la Princesa.

DON RODRIGO.-
Bueno, habrá que suspender el asunto, ya que ella no está, tendremos que buscar a otra.

EL CONDE.-
Yo nunca renuncio a un plan si tengo que encontrar a la Princesa, no dude de… (Llevándose las manos a la garganta) que… la… (cae al suelo)

ALICIA.-
Nos está saliendo mucho mejor de lo esperado, ayúdame a llevarlo a la otra habitación, será un suicidio amoroso, pero la doncella amada será María.

(Salen por la puerta que comunica con el cuarto de Elisa arrastrando a “El Conde” hasta allí)

 

 

 

Escena III – Acto 2º

 

 

Habitación de Elisa, encima de la cama, “El Conde” que se está despertando, a su lado María despierta, llorando junto a él que se levanta, ella se asusta y se acurruca sobre sí misma, pues está atada y amordazada, “El Conde” la desata y le quita la mordaza.

EL CONDE.-
Levanta mujer, no te asustes, no estoy muerto, pero ¿quién eres tú?

MARÍA.-
Que importa ya, yo sí estoy muerta, hace un rato que me dieron un veneno y voy a morir.

EL CONDE.-
Toma esto, es un antídoto, a mí también me envenenaron, pero venía preparado, sobre todo si es uno mismo quien proporciona el veneno, sabe siempre que antídoto usar, ahora cuéntame ¿quién eres tú?

MARÍA.-
(Se toma el contenido de un frasquito) Soy una doncella de la Princesa Edelvira de Grönenbahg, pero la he traicionado, yo no sabía que estaba aquí escondida.

EL CONDE.-
¿Cómo puede haber estado aquí escondida, la habrían visto?

MARÍA.-
Y lo hicieron, era la camarera de la Princesa Alicia, creo que la llamaron Elisa.

EL CONDE.-
¡No! ¡Elisa no!, ella no era la Princesa, te equivocas, pero ¿dónde está? ¿qué le ha pasado? Dime, habla ya. (Mientras la zarandea)

MARÍA.-
Lo juro, era la Princesa, yo la vi, hablé con ella y la traicioné, pero me perdonó, creo que se la llevaron a una capilla o una iglesia en el bosque, junto a la casa de la otra Princesa.

EL CONDE.-
Yo voy a buscarla, ahora duerme y descansa, y cuando regrese con la Princesa creerás que todo fue una pesadilla.

(Sale de la habitación quitándose el antifaz)

 

 

 

Escena III – Acto 3º

 

 

Capilla en la propiedad de Alicia, en el altar el cura, frente a él Don Rodrigo y Edelvira, a sus lados Alicia y un testigo, llega Armando espada en mano, pero la boda acaba de terminar.

CURA.-
Yo os declaro marido y mujer.

ARMANDO.-
Traidor, cobarde, defiéndete porque vas a morir.

DON RODRIGO.-
No sé quien eres forastero, pero sí quieres morir ven aquí. (Dirigiéndose al testigo) Mátalo.

(Lucha entre Armando y el testigo, mientras Alicia y el cura se llevan a Edelvira, Don Rodrigo ataca por la espalda a Armando)

EDELVIRA.-
Armando cuidado, detrás de ti.

ARMANDO.-
Traidor, vas a morir, no os servirá de nada ser dos contra uno, los dos moriréis.

DON RODRIGO.-
Calla y lucha, por qué vas a necesitar todas tus fuerzas, retrocedes, eso es bueno. (Hiere a Armando en un brazo)

ARMANDO.-
(Enfurecido, mata al testigo) Ahora somos uno contra uno, veremos quien gana.

DON RODRIGO.-
¿Quién eres tú que interrumpes mi boda?

ARMANDO.-
Soy la suerte, que te está esperando detrás del acero, soy tu peor pesadilla, soy quien ha jurado matarte, pero sobre todo, soy quien tu más temes.

DON RODRIGO.-
Yo no temo a nadie y menos a un fantoche como tú, pero creo que tu voz me es conocida.

ARMANDO.-
(Atacando en tres golpes, le hiere de muerte) Muere perro cobarde.

DON RODRIGO.-
¿Quién eres tú, un demonio?

ARMANDO.-
(Sólo para Don Rodrigo, se pone un antifaz) Soy quien ha resucitado de la muerte para vengarse, Soy “El Conde”.

DON RODRIGO.-
Un demonio… (Muere)

ARMANDO.-
(Sin antifaz) Princesa sois libre y viuda, perdonadme el retraso. (Hinca una rodilla en el suelo)

EDELVIRA.-
Levantaos noble caballero, sois mi salvador y tenéis mi gratitud eterna, mi padre os recompensará cuando me llevéis ante él, pero antes apresad a estos dos confabuladores.

ALICIA.-
Alteza, yo no sabía lo que quería hacer mi primo, a mí también me había engañado, os lo juro.

EDELVIRA.-
Silencio, no turbéis mi alegría con vuestras mentiras, bien sabéis lo que ha pasado.

ARMANDO.-
(Hablando al oído de Edelvira) Alteza, no podemos detenerla, es una Princesa como vos y estamos en sus tierras, dejémosla marchar, es lo mejor para todos, además no creo que diga nunca nada.

EDELVIRA.-
Tenéis razón, podéis iros princesa Alicia, pero que no os vea nunca por mi reino, ya sabéis que ocurriría.

ALICIA.-
No me veréis, lo juro. (Sale Alicia y el cura con ella)

ARMANDO.-
Alteza, no quisiera importunaros, pero, ahora que estáis a salvo, prometisteis contestar a mi petición.

EDELVIRA.-
¿A vuestra petición de matrimonio?, creo que lo mejor será que esperéis un poco más.

ARMANDO.-
Pero Elisa querida, perdón, Alteza, me prometió dos días y ya se han cumplido.

EDELVIRA.-
Sí, cierto, entonces no me queda más remedio que… aceptar vuestra oferta, pero la boda será en mi reino.

ARMANDO.-
Donde queráis, no me importa, sólo el teneros junto a mí, ya es suficiente recompensa.

(La abraza y la besa, salen agarrados del brazo y al pasar junto al cuerpo de Don Rodrigo, Armando deja caer su antifaz sobre su rostro, salen)

 

 

 

FIN